Como llegue a vivir discriminación: fragmentos de historias femeninas anormales.

La última vez que salí, me acosó un cliente de un taxi en el bulevar San Lorenzo, Montreal, Canadá. Tener cabello verde me hizo experimentar discriminación y ya que soy mujer me llamaron “dyke” (tortillera). Eso era una primera, realmente. Por un momento pensé: ¿Cómo es que ver cabello verde es tan impactante en la vida de una persona? ¿Como pudo otorgarle ese derecho de arruinar mi noche con un comentario tan repulsivo e ignorante?

Esa noche, he sido “sobredeterminada desde afuera” y puesta en una escala de indeseabilidad. Este joven estaba experimentado a pleno el biopoder (integración y auto-imposición de morales/normas dominantes) que reimponía sobre nosotras. La gente estigmatizada es tan acostumbrada a ser discriminada que se calla. Era doloroso, indignante. Estaba enojada hacia lo que representaba: una sociedad heteropatriarcal represiva. Pero, no era la primera vez.

Ya había sido cosificada sexualmente en Montevideo, porque no cubría mis piernas o mi escote suficiente. Me acuerdo bien de las miradas despectivas o deseosas que venían tanto de “hombres” que de “mujeres”. Un arqueólogo se otorgó dos veces el derecho de invadir mi intimidad en un elevador de la Facultad para luego hacer dos visitas sorpresas en casa. Me sentí indefensa, rota. A veces, me sorprendía cubriendo partes de mi cuerpo o querer no “arreglarme” para evitar el acoso. En otras ocasionas, usaba mi cuerpo como arma política subversiva. En Montreal, he sido categorizada una vez como “punk sucia”, pero aparentemente soy demasiado “sensual” o “intelectual” para eso. Esa noche no, tenía mi buzo de la rave, caía en la categoría “dyke” (tortillera).

Decidí contar mi historia, por lo menos una historia sobre como llegué a vivir discriminaciones, lo que me hizo buscar más y más emancipación de la normalidad (eso no impide que no beneficiara de privilegios). Es una ilustración de mi camino descolonizador. Es también la segunda parte de mis escritos sobre el amor decolonial. Creo que mi historia merece ser compartida, ojalá les sirva.

Introducida al poliamor y a la libertad.

Cuando estaba en Uruguay el año pasado para mi campo de investigación doctoral, era soltera. Liberada de una larga relación con alguien que aun llevó en mi corazón pero que ya no correspondemos. Tratar con tal libertad y dolor generó creatividad, apertura. Un deseo de conocer, de explorar. Lentamente y finalmente entré en insurgencia, volver a mi ser profundo. Esa mujer traviesa y curiosa, la mujer que mis ancestras me enseñaron a ser y quisieron que sea. Ese proceso de (re)volver a mi mujer ideal se disparó.

Tal exploración me guío hacia un hombre (sea afirma queer), un alma gímela, que compartió su ser especial conmigo. Nos ofrecíamos nuestras fuerzas. Francamente, puedo decir que experimente por un momento un amor profundo, sincero, intenso y decolonial. Nuestro amor era inconmensurable. Creábamos tanto juntos, artes, teorías, mientras andábamos en la clandestinidad de las noches de Montevideo grafiteandóla de presencia ancestral y contemporánea charrúa. Nos iluminábamos mutualmente compartiendo y mesclando nuestras visiones sobre el mundo. Nuestro encuentro fue rico y no-posesivo.

Me alentó para que conociera mujeres, que lo intente, ya que ya había encontrado a Lorena. (Me alentó también a teñir mi cabello morado.) Era confusa. Estaba profundamente enamorada de él. No quería estar con otra persona. Él y yo era más que suficiente para mí. Tenía que ser monógama. Pero seguí, le tuve fe. Quería que supere mis miedos, que rompa con el auto-control, que acepte mi anormalidad. Me alegra haberlo hecho. Nunca me sentí tan libre en mi vida.

Acosadas por afirmar nuestro amor no-heteronormativo

Una noche, mientras Lorena y yo vivíamos públicamente nuestra complicidad, me entere que nuestro amor mutuo perturbaba nuestro entorno. Éramos una fuente de fantasías para un espectáculo pornográfico. ¿Saben? Donde el amor entre mujeres existe para estimular deseos falocéntricos, especialmente si caemos en los estándares de belleza femenina. Esta noche tenía un vestido rojo; ella una musculosa y un pantalón negro apretado. “Estábamos jugando con el fuego.” (Yo nos veía más como una bandera anarco-comunista.)

Nos acuerdo riéndonos en el estacionamiento… cuando un auto negro llegó. Dos hombres nos cargaron. Les dijimos respetuosamente que estábamos en nuestra “burbuja” y nos fuimos hacía las atracciones de feria del Parque Rodó. Al entrar, el encargado nos dijo paternalistamente e incestuosamente: “¡Hermosas! ¡No abusen de ese vino!” Presumiendo que éramos borrachas. Recién habíamos tomado el primer sorbo. Le replique “que importa” y seguimos nuestro camino. Nos reíamos mientras ella prevenía que vuela mi vestido con el ritmo reggaetónero que hacia girar la máquina. Al salir el empleado nos expresó lo “duro” que estaba al mirarnos. “¡Mierda!” Mientras íbamos hacia la rambla, reapareció el auto negro: “¡Hola!” “¡No puede ser!” Nos fuimos corriendo del otro lado del bulevar.

Mientras sentadas y expresando nuestro cariño mutuo, se acercó un hombre en los 30 con su hijo de 2 años y dijo: “¿Nos regalarían unos besitos?”. No entendí bien lo que decía y mientras Lorena me lo repetía, noté el auto negro que se estaba estacionando adelante. No queríamos ser molestadas. Estábamos hartas y empezábamos a tener miedo.

Apurando el paso hacia mi auto, papi reapareció con sus amigos y se exclamó: “¿Donde compraron ese vino? ¡Parece buenazo! Le replique: “¿Quieres vino? ¡Disfrútalo!” Mientras lo rocía del tinto. Nadie lo esperaba. El tipo se había pasado. No soy acostumbrada a vivir discriminación y no lo tolere como Lorena lo toleraba. Se reía fuerte. “No puedo creer que hiciste eso”. Entremos en mi auto. Les dejo adivinar lo que pasó… Reapareció el auto negro. Decidieron perseguirnos por lo menos 10 cuadras. Por un momento, me sentí en la película Rápidos y furiosos.

Esta noche me sentí prohibida. Simultáneamente sentí una compasión profunda hacia todas las personas que lo son cotidianamente. Entendí mis amigos charrúas que viven identidades prohibidas. Estaba especialmente triste y enojada cuando Lorena me confesó, ya que viene de una familia evangelista, que a veces piensa que el hecho que ama mujeres es un pecado. Vi Lorena como una guerrera. (Creo sinceramente que las mujeres son los seres más hermosos y poderosos en la tierra. Las mujeres son fuertes, protectoras, inteligentes, creativas e inspiradoras.) Entendí nuestra solidaridad femenina espontanea. Había integrado plenamente una nueva lucha: la de rehusar la (a)normalidad.

 

Continuará.

SV

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